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Los internados escolares en el interior del departamento cumplen con un papel social de significativa relevancia. Seguramente para los maestros que tienen la gran responsabilidad de encarar cada jornada en estos recintos educativos no debe resultar tarea fácil poder cumplir con la más diversa gama de actividades que deben desarrollar. Durante nuestra recorrida semanal hemos tenido la oportunidad de conocer estos centros de enseñanza – donde la educación pública nacional – pone a prueba a educadores y educandos en escenarios donde las comodidades lejos están de formar parte de la cotidianeidad. Lejos de todo y de todos. Cerca de nada y de nadie. En este juego de palabras pretendemos graficar parte de los obstáculos que docentes y alumnos deben enfrentar todos los días del año lectivo para poder satisfacer objetivos y así trazar nuevas metas, las que muchas veces tienen horizontes mucho más estrechos de los que podamos imaginar quienes vivimos en la ciudad.
Precisamente en esa recorrida – a la que hacemos referencia líneas arriba – visitamos la escuela 81 de Queguay Chico, la que funciona como internado rural y la que cuenta con unos 26 alumnos. Ubicada en Cuchilla del Fuego – a 57 kilómetros de Guichón y a 40 de Piñera – el establecimiento permite a la mayoría de los padres que envía a sus hijos a ese lugar educativo, poder cumplir con sus respectivos trabajos, teniendo en cuenta que lo hacen en establecimientos rurales apartados y a considerables distancias. Los niños permanecen durante gran parte de la semana – de lunes a viernes – compartiendo, además de las tareas curriculares otras actividades programadas por las maestras Beatriz Moreno y Mabel Urruty que tienen a cargo el referido local escolar. Durante nuestra visita pudimos comprobar las diversas actividades que los niños hacen; pasando desde tareas recreativas, talleres y clases de gimnasia hasta manualidades, encuentros con otras escuelas de la zona y hasta la posibilidad de un viaje a Montevideo a la colonia de vacaciones, hecho de enorme relevancia para sus entusiastas protagonistas. Enseñar buenos modales, los pasos de cómo se debe asear una persona o como debe sentarse a la mesa son tareas dignas de ser destacadas en el desafío que las maestras se trazan en cada jornada para con sus alumnos. Hechos fácilmente comprobables ya que al ingresar al establecimiento los alumnos se pusieron de pie para saludar a la visita, conducta que desde la etapa escolar este periodista había dejado de ver. Y para que no quedaran dudas de que los niños eran verdaderamente aplicados, cada vez que se dirigían a la maestra lo hacían con llamativo respeto. Esa relación se fue sucediendo en cada uno de los gestos o diálogos que las maestras mantenían con sus alumnos durante el tiempo que duró nuestra visita.
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