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En la campaña sanducera existen personas que conservan en su memoria – intactos capítulos – de un pasado productivo que mantuvo activas a familias enteras durante mucho tiempo. La historia de hoy nos transporta a revivir una de las producciones que generó un movimiento social y económico con fuerte incidencia en varias zonas del departamento. La generación de carbón vegetal – fue para muchos y por muchos años – el ingreso indispensable para el sustento de los pobladores.
Mucha mano de obra, carretones que recorrían trechos cortos, camiones desbordando su propia capacidad y los trenes aguardando ansiosos en los andenes – porque una vez que los galpones de la estación se completaban había que estibar rápidamente las bolsas en los vagones, para luego trasladar la mercadería a los destinos finales.
El viento frío de la mañana congelaba nuestros rostros, pero las ganas de continuar con nuestro rescate de la vida en el campo resultan mucho más fuertes que unas simples bajas temperaturas. Con esa inquietud y desafío de todas las semanas llegamos hasta el hogar de uno de esos tantos vecinos de los que no nos enteramos que existen.
María Mendoza nos recibió en su casa de Mata Ojo, hace 32 años que vive en el lugar, pero nació y se crió en colonia Guaviyú. A sus 58 años repasa con cierta nostalgia lo que seguramente la marcó por el resto de sus días.
A la colonia no regresó nunca más, pero según le han contado otros vecinos no queda ninguna persona conocida. Apenas balbucea un par de apellidos: Lubenko, Gómez y por ahí queda, el resto casi no los retiene.
Toda su vida trabajó en el monte junto a su padre, hasta que a los 19 años contrajo matrimonio. Es ahí donde su padre tuvo que continuar solo con la producción de carbón vegetal.
Según relata María, su padre hacía cincuenta y pico de años que estaba en el monte. Fue una persona que dedicó su vida al campo.
“Había que trabajar como un burro. Las cosas no eran nada fáciles, luego de la tala el proceso era muy delicado. Había que tener ciertos cuidados. Un día de viento como hoy se le podía fundir todo y perderlo todo. Para que no llegara a cenizas – al horno – había que taparlo con tierra. Es como un nido de hornero, en la boca lleva un aro de hierro y alrededor se le agregaban unos palos puestos en forma vertical. El piso tenía que ser en tierra, se le daba de comer como a una persona, porque al horno se lo tenía que alimentar con troncos chicos”.
En cuanto a lo que se producía, María gesticula y comenta entusiasmada: “se sacaban dos o tres camiones cargados de bolsas, tenían que ir atadas porque sobrepasaba la capacidad”.
Por supuesto que no faltó el hecho anecdótico. “Una vez sacamos un tronco con forma humana, parecía una persona con brazos y piernas, pero mi padre lo apuró y aun estaba caliente y empezó a crujir, se resquebrajó todo y se partió”.
Si bien ese hecho genera risas, María vuelve a ponerse seria y comenta que “había que estar por las noches cuidando minuciosamente la quema. Los hornos a carbón llegaron a generar un movimiento impresionante en la zona del Queguay y campos cercanos. Hoy como tantas otras cosas – solo quedan los recuerdos en la memoria colectiva de los habitantes que vivieron entorno a la producción de carbón vegetal – todo es parte del pasado y como sentencia doña María “que vamos a pensar en producir estas cosas que ni gente ya queda en el campo, todo se terminó”.
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