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Sergio Martín Pereyra es un niño de once años de edad que vive en la ciudad y quien a muy temprana edad descubrió una expresión musical que lo mantiene lo suficientemente inquieto y atrapado. Ya se lo puede ver dominando los escenarios de los encuentros sociales y festivales criollos en la campaña sanducera, aunque la ciudad también conoce de su entrega escénica y de su capacidad vocal. No equivocamos en afirmar que – al observarlo – el muchachito tiene madera y que seguramente, si se lo propone, llegará a ser el artista que tantas noches le ha quitado el sueño.
Este niño cantor de las cosas nuestras encontró a través de la aparcería El Relincho de su padre un ámbito donde poder desarrollar y mostrar sus habilidades artísticas. Precisamente fue su padre que le sugirió a Martín que aprendiera tocar la guitarra y así poder cantar en los fogones criollos. Inmediatamente se disparó una continua participación en los encuentros de las aparcerías donde la propia paisanada le pedía al niño que cantara y animara las ruedas interpretando canciones que identifican a las comunidades rurales, particularmente en el folklore. Una guitarra archivada, propiedad de su padre, esperaba ansiosa que alguien fuera a su rescate. Seguramente no muchos en la familia imaginaron que alguna vez alguien se acordara de desempolvarla y como toda pieza celosamente guardada ya nadie hablaba de ella. “Mi abuelo se la había regalado a mi padre, pero como nunca nadie la pudo usar, estaba colgada en el ropero – como dice la canción – hasta que un cierto día surgió la idea de aprender a tocar la guitarra y así fui probando los primeros acordes”. Uno de sus referentes es la Sinfónica de Tambores a quienes agradece por el apoyo, oportunidades de compartir escenarios y por la instrucción que ha recibido ante algunas dificultades que tenía con algunas canciones. Confiesa que la participación en un concurso televisivo de talentos significó un paso muy importante porque fue el primer paso que dio en su carrera como cantante folklórico. El apoyo familiar y de sus amigos más directos se han transformado en el sostén en su actividad musical.
Martín es alegre, divertido y muy simpático y esa innata condición contagia a las improvisadas plateas que aplauden eufóricas las actuaciones del cantor. “Me gusta ver a la gurisada que salte, grite, baile, aplauda, mientras yo estoy cantando, porque la gurisada del campo es algo muy importante para mi y espero que si llego a ser profesional sean ellos parte del público que me acompañe. Porque la gente que viene a verme es un público noble”. Confiesa que más adelante le gustaría tener su propio grupo musical – piensa que eso puede llegar a ocurrir cuando cumpla los trece años – por ahora deja que las cosas se vayan dando y fluyan con naturalidad, aunque tiene un grupo de amigos que seguramente lo van a acompañar.
Son cuatro hermanos, tres varones y una mujer. Por ahora para mi la música es un pasa tiempo y diversión, porque me gusta esto, me atrae mucho lo que hago, principalmente el folklore.
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