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Mientras setiembre consume sus primeros días y el invierno se empecina en despedirnos con el mejor de los fríos, salimos como siempre lo hacemos – muy temprano por la mañana – el destino en esta ocasión, localidades cercanas a villa Quebracho. En esta oportunidad fuimos acompañados de un viejo vecino de la zona, Alfredo González.
A medida que nos internamos en la intrincada red de caminos vecinales comenzaron a aparecer las imágenes. La escuela 55 de colonia La Palma fue el primero de los lugares visitados. Una fuerte estructura en material dejaba atrás al viejo recinto – que pese al paso del tiempo aun se mantiene en pie. En él todavía se puede observar el patio central, los baños y la pista donde se organizaban los festivales y las quermeses. “pensar que en esta pista llegué a bailar con orquestas en vivo”, comenta Alfredo, mientras enciende un cigarrillo.
Nuestro guía confiesa que hace mucho tiempo que no visita el lugar. Todo le resulta muy distinto, pero de todos modos reconoce cada rincón. Mientras el auto consume kilómetros relata como eran las estancias y hasta donde se extendían cada una de ellas. La Palma, Las Delicias, Arroyo Malo, Guaviyú, San José, La Favorita, Santa Rita. Todas ellas fueron grandes estancias, fuertes y con gran movimiento. De pronto, una calzada nos advierte el cruce de un arroyo. “Éste es el arroyo Mata Ojo”, asevera Alfredo. “La verdad que se achicó porque yo lo recuerdo mucho más grande, iba hasta los alambrados, mira todavía se ven las marcas en los piques y el herrumbre de la alambrada que no se cambió”.
La recorrida continúa y la escuela 53 de colonia Arroyo Malo es la próxima parada. Un pequeño, pero coqueto edificio alberga a un grupo de gurises que están en plena clase. Su maestro – Fernando Piñeiro – oriundo de Tacuarembó hace una pausa y ante nuestra solicitud de sacar una foto lleva a los pequeños para el patio de entrada. No es mucho el tiempo que permanecemos en el lugar, el suficiente, apenas para intercambiar un par de palabras con el simpático maestro. El próximo destino es el establecimiento San Antonio, hoy propiedad de unos argentinos, otrora de Alfredo González. El clásico golpeteo de manos y los buenos días con voz alzada. Un joven encargado sale a recibir las ocasionales visitas. Aquí, la estadía dura un poco más que las anteriores.
Es que para nuestro guía significa mucho. Imaginamos que debe ser como si el tiempo se detuviera lo necesario para repasar con la mirada cada rincón sin caer en melancolías y nostalgias.
El encargado se muestra amable y nos invita a recorrer el establecimiento.
Alfredo enciende un nuevo cigarrillo, y mientras ingresamos a uno de los galpones hace la pausa necesaria y comenta; “estos estantes los hice con mis propias manos y como se conservan. Si bien el casco de la estancia ha sido reciclado, hay marcas que para Alfredo resultan fáciles de identificar.
“Aquí estuve doce años de mi vida”, cuenta con cierta tristeza que no llega a revelar su verdadero estado emocional. El mediodía se va acercando, nos despedimos del joven y partimos a otro destino. La Agremiación Ruralista Paso Emeterio de Quebracho fue el próximo punto al que visitamos casi de cruce con algún comentario de Alfredo que atinó a rescatar los tiempos en donde los remates ganaderos hechos en el lugar congregaban a mucha gente, la que se ponía al día de muchas cosas.
Al finalizar nuestra recorrida no faltó una breve visita al cementerio de Quebracho, pues nos inquietaba visitar la tumba de Ciriaco J. Sánchez un gran caudillo de la zona que los blancos recuerdan con orgullo y del que se han tejido mil historias. Nuestro punto final fue en la villa, donde nos esperaban para recrear otra historia de aquellos vecinos de los que muy poco conocemos.
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