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No son muchas las oportunidades que tenemos – quienes vivimos en la ciudad – en las que podamos ser protagonistas de momentos verdaderamente emotivos. Muchos de ellos y en su mayoría ya casi no se ven, porque sencillamente los escenarios han cambiado y sus protagonistas también. Este relato pretende recapitular una de esas historias de las que nuestros nietos seguramente jamás se enteraran. Quizás algún relato descolgado pueda aproximarse a la verdad de los hechos, aunque de todos modos la fidelidad del relato ira perdiendo consistencia y credibilidad.
De botas, en alpargatas o zapatos de vestir. Sobrero de ala ancha, panza de burro o boina vasca. Los detalles poco importan cuando de sacudir las tabas se trata. Así nomás y sin muchas presentaciones, basta con escuchar los acordes del guitarrón o los agudos del acordeón de tres hileras para que la estampida hacia la pista sature rápidamente el espacio destinado para la diversión. Los bailes en la campaña son un motivo más que suficiente para demostrar destreza y plasticidad de la dama y el caballero, quienes con simpatía provocan risas, aplausos y cargadas entre los presentes. Según cuentan los relatos colectivos de viarias de las comunidades rurales hubo un tiempo que marcó fuertemente ese entretenimiento popular. La astucia del bailarín podía revelar en pocos segundos cuan hábil era en la pista hasta llegar a transformarse en el seductor más aclamado del encuentro festivo.
No pasaban muchos minutos que el polvo que se levantaba enrarecía rápidamente la atmósfera, bajando drásticamente la capacidad visual de los presentes. Pero, los organizadores, previendo ese tipo de situaciones límites donde hasta para hablar con la pareja resultaba dificultoso, pasaban varias veces provistos de baldes con agua y creolina para mitigar – en cierta forma – el apremiante momento. Quermeses, balies escolares o encuentros sociales en galpones que durante la semana oficiaban como graneros eran utilizados recurrentemente para recrear y divertir – al menos una vez a cada siete u ocho días – a todos aquellos que entregaban sus vidas a las duras tareas del campo. Para un aniversario escolar o una fecha patria. Una simple quermese o el cumpleaños del pueblo, toda fecha en rojo marcada en el almanaque era motivo más que suficiente para la convocatoria. En tanto y mientras las horas pasaban, varios eran los que perdían velozmente la noción del motivo del encuentro. La polvareda era de tal dimensión que muchos juran al afirmar que con un solo baño no resolvían el pleito y que un lavado de cabeza consumía varias regaderas y un par de barras de jabón. No faltó alguien que asegurara que la cerrazón provocada por los pisos de tierra podía hacerte dudar si estabas bailando con tu novia o con la hermana.
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