| LA VUELTA DE HONOR. | |||
Los gritos, los aplausos y el clamor popular. Los puños en alto y el clásico revoleo del poncho. La vuelta de honor en cada ruedo criollo significa para el protagonista de turno recibir la aprobación del público. Mezcla extraña de ídolo momentáneo y paisano de carne y huesos. Ese instante – que dura solo un par de minutos – seguramente dispara la mayor parte de los comentarios de la semana dentro del entorno laboral y familiar del aparcero. El jinete, bien sabe que ese reconocimiento de la tribuna satisface parte de su entrega. Esa vuelta al ruedo con la bandera flameando es – en cierto modo – la recompensa que acaricia el orgullo de pertenecer a una causa noble. Mientras el corcovo y el relincho del bagual, quedan momentáneamente en la memoria auditiva de los espectadores, por la red de altos parlantes retumba el nombre del héroe de la jornada. El domador – orgulloso de su actuación – hincha su pecho, infla sus pulmones y sonríe al pasar cerca de la alambrada que contiene a la gente que delira por la maravilla de su actuación. Es que no son muchos los espectáculos en los que el hombre y el animal se debaten en la arena de un ruedo incondicionalmente. El potro, saltando y arqueándose por los aires, revelando en pocos segundos cuan salvaje es y la destreza y astucia del jinete que intenta dominar la situación, procurando despertar el asombro de quienes siguen atentos el desarrollo de la escena. Transformar ese momento en único dependerá de la plasticidad, dominio y convicción del domador, quien deberá mantenerse arriba del caballo hasta que la campana anuncie a los apadrinadores que tienen que correr a su rescate. Mientras ese hecho se consume satisfactoriamente, el público se pone de pie y emocionado responde eufórico a tan extraordinaria entrega.
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